AUJCT - Asociación Uruguayo Japonesa de Cooperación Técnica

Ser becario, una experiencia para toda la vida que deja una marca indeleble PDF Imprimir E-mail

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El Centro de Cáncer Digestivo del Instituto Nacional del Cáncer surgió tras el viaje de cuatro meses que el médico realizó a Japón y de un convenio que se hizo con JICA en el cual la Agencia montó este centro; realizaron una inversión de casi US$ 2 millones.

En el año 1997 un viaje a Japón le cambió la vida al médico Eduardo Fenocchi. En los primeros días de julio de hace dos décadas, partió a Tokio para usufructuar una beca de medicina en prevención y tratamiento endoscópico de cáncer digestivo. Lo definió como una “experiencia espectacular” y un punto de quiebre en su vida.

Dentro del programa de becarios que promueve la Agencia de Cooperación Internacional Japonesa (JICA), el galeno se embarcó para permanecer cuatro meses en la capital nipona. Originalmente le habían propuesto permanecer seis meses, pero entendió que sería mucho tiempo, pidió quedarse tres meses y finalmente acordaron que estuviera cuatro. Desde entonces nunca más volvió al país asiático, pero aquellas viviencias lo marcaron de tal forma que actualmente es el Presidente de la Asociación Uruguayo-Japonesa de Cooperación Técnica (AUJCT).

Esta asociación nuclea a todos aquellos que alguna vez viajaron a Japón a hacer un curso de perfeccionamiento técnico y que “de alguna manera palpamos la cultura, vivimos en Japón y muchos de nosotros –también depende el tiempo que uno haya estado- generamos lazos”, explicó a El Observador.

“La cultura es tan diferente, vivir allí es tan particular que te marca porque vas un mes a Brasil y queda como una anécdota, pero fuiste un mes a Japón y te deja un montón de experiencias y enseñanzas. Quien permanece más tiempo, más aún. Eso es lo que la AUJCT transmite a todos aquellos que alguna vez fuimos como becarios y que nos nucleamos bajo esa organización”, subrayó. En la AUJCT tienen registrados unos 400 socios, explicó el Presidente.

Sobre su expreiencia, comentó: “Primero me dijeron seis meses y cuando imaginé lo que sería medio año dije que no, que iría tres. Negociamos cuatro meses, y cuando estaba allá -cumpliendo el cuarto mes- me dije: ‘¡Por qué no acepté los seis!’. También eso depende de cada persona, porque hubo casos de quienes llegaron y se tuvieron que volver porque el impacto fue muy grande. El cambio cultural está muy marcado. Y para comprender lo que implica alcanza con darse cuenta que uno llega a Japón y es el perfecto analfabeto. Está todo escrito y no sabe leerlo. Eso, para mucha gente es muy difícil de asimilar. ¿Cómo se pronuncia? Porque te pongo delante de los símbolos y no sabés, yo tampoco. Y tenés que ir comparando símbolo con símbolo en la estación de metro para ver si son iguales y si es el tren correcto. A veces la diferencia es un punto que no diferencias o un palito para arriba o para abajo, y en lugar de subir en un tren para un lado te fuiste para el otro”, explicó.

De todas formas, expresó que “a nivel personal fue una experiencia enriquecedora”.

De su viaje a Japón regresó con un proyecto que cambió su futuro profesional o lo posicionó en un lugar de referencia nacional en su especialidad. “El Centro de Cáncer Digestivo del Instituto Nacional del Cáncer surgió de mi ida a Japón de un convenio que se hizo con JICA en el cual la Agencia montó este centro. Realizaron una inversión de casi US$ 2 millones que se inauguró en 2000 y seguimos funcionado hasta el día de hoy”.

El Centro de Cáncer Digestivo se encarga de la detección precoz de cáncer de colon rectal para todo el país. La movida es nacional y en estos 17 años que lleva funcionando atendió a 80.000 pacientes.

Aquellos miedos

“Cuando a uno le dicen que va a ir a Japón, al principio le da un poco de miedo, tanto que yo no quería ir seis meses. No deberíamos tener miedo, habría que saber adaptarse, pero uno encuentra que el mundo es al revés, que no entiende lo que dicen los carteles, que va a un restorán y no sabe qué comer porque no hay carta con un menú y aunque te dieran un menú, salvo que estuviera en inglés, no lo entenderías. Además, la comida se presenta en lo que sería la vidriera del restorán en donde exhiben una maqueta de los platos. Uno lo mira y elige. Nunca fui a un restorán solo, porque no sabía qué pedir. Esas dos sensaciones, por ejemplo, implican un choque de culturas importante”.

Fenocchi recuerda una anécdota: “Almorzábamos todos los días en el hospital, mucho en base a pescado y al rato estábamos con hambre, hasta que un día, con un español -también becario- con el que nos hicimos amigos, descubrimos que cerca había un lugar en el que una señora nos podía cocinar un churrasco con huevo frito. La carne era costosa y en ese caso se conseguía a un precio razonable un churrasco bastante parecido al nuestro con huevo frito. Eso fue el sumum”.